Una semana sin dueños ni dueñas

Artículo por Fátima Fernández

En la antigua Grecia dominaba una mitología politeística donde multitud de dioses y diosas antropomorfizados daban sentido a la vida cotidiana de sus creyentes. El monoteísmo se extendió con el cristianismo que, no obstante, comenzó a diversificar su fe hacia multitud de tallas con distintas nomenclaturas e iconografías volviendo, de una manera muy idiosincrática, a un politeísmo soterrado que en este caso también venera nombres de mujer.

Es difícil hablar de lo que no se ha disfrutado o no se siente (tan respetable como el fervor y el sentimiento más pasional por estos días) pero, en justa discrepancia de pareceres, mas con la intención respetuosa de fomentar una convivencia pacífica, voy a tirar de memoria para compartir una anécdota que nos contaba al alumnado un profesor de derecho romano hace muchos años. Comenzaba la primavera y con ella su equinocio que promete y trae más luz a los días; y, en ese contexto, nos explicaba que el mundo actual europeo se sostiene gracias a la cultura griega y, más cercana quizá, la romana que ha trascendido hasta nuestros días.

Una cosa llevó a la otra y, concatenando historias, nos relató que los eventos de primavera cristianos, como la Semana Santa, eran una revisión y reminiscencia de las antiguas fiestas paganas que en esas primeras civilizaciones giraban alrededor de la agricultura y del comienzo de la época de siembra.

Este profesor tenía una voz potentísima que, unida a una peculiar manera de hablar creaba un ambiente de expectación y silencio. Recuerdo que sonreía paladeando esas caras de asombro y ganas de saber más (si es que éramos muy jóvenes…). Tras la explicación, digamos antropológica, pasó a contarnos que más allá de la religiosidad o la apropiación de fiestas paganas esta semana era una oda a la belleza (la imaginería barroca es exquisita) y al fervor popular. En ese momento, tras otra gran pausa, nos contó que en cierta ocasión estaba en La Campana esperando para disfrutar de uno de los grandes pasos de Sevilla y él observaba (severamente) a unos chavales de indumentaria punki sentados que hablaban y reían. Cuando se acercó el paso, relataba, callaron y se levantaron respetuosamente. Más allá de las apariencias, concluyó, “esos chicos me dieron una gran una lección: respetad siempre al prójimo, a lo diferente, y os sorprenderán”.

Me gusta esa moraleja que mi culto profesor compartió. Pero, más allá de esa anécdota, y teniendo como base siempre la igualdad, se me viene a la mente algunas cuestiones interesantes para las que no tengo respuesta. No puedo explicar la falta de hermanas mayores o altas representantes en un ámbito cofrade que desconozco. Tampoco puedo analizar los motivos de la relativamente reciente incorporación de la mujer como nazarena en muchas hermandades… Pienso que, como en todos los ámbitos, la mujer deberá romper esos infinitos techos de cristal que parece que nunca terminan. Pero más allá de esas reivindicaciones, y otras muchas que con seguridad se me escapan, me quedo con la belleza y el respeto que siento por estos días. Belleza de lo sencillamente bello, hermoso, patrimonio imaginero y religioso de los pueblos, ciudades y de la humanidad; respeto al sentir y al no sentir. Respeto al prójimo, a lo diferente, a la diversidad, al que no opina igual ni siente igual ni cree igual… Esta semana, más allá de la importancia religiosa o patrimonial, no tiene dueños ni dueñas. No es de nadie y pertenece a todxs.

fatima@lagigantadigital.es

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